Al pan, pan, al picadillo, picadillo y a la dictadura, dictadura…



Muchas personas en el mundo piensan, y dicen, que al final los cubanos tenemos lo que nos merecemos porque somos nosotros los únicos responsables de que el castrismo se haya mantenido en el poder por casi 60 años.
Y, hasta cierto punto, eso es innegable, esas personas no dejan de tener gran parte de la razón.
Pasa que la verdad sobre Cuba, la dictadura castrista, fidel castro, su incompetente hermano, los botines de Mariela y el pueblo cubano, son de los temas más difíciles de entender porque, en primer lugar, para acercarse a una parte de esa realidad y hacerla algo comprensible, hay que haber nacido allí, vivido allí, comido allí, crecido allí, estudiado allí y soñado allí.
En mi caso personal, para poner un ejemplo, mientras viví en Cuba se mezclaron en mí cuatro ingredientes letales que impiden que cualquier individuo sea capaz de luchar por su libertad en un país dominado por una tiranía: El miedo, la inercia, la apatía y el conformismo.
Lo reconozco públicamente.
No voy a entrar en justificaciones de víctima confundida ni en guaperías baratas de “revolucionarios” arrepentidos, lo más importante que puedo decir es que cualquier individuo que lleve sobre sus hombros una carga tan pesada jamás podrá lograr enfrentarse a un régimen que lo domina, lo explota, lo esclaviza y lo mata.
Yo recuerdo que en nuestro seno familiar había dos frases, casi sagradas, que nos inculcaban nuestros padres a la hora de soltarnos a la vida: “No te metas en problemas políticos y lo que hablamos aquí del gobierno no se repite en la calle ni delante de nadie…”
En una sociedad, cualquiera que sea, donde el individuo se convierte en su propio represor, quienes la controlan tienen el noventa por ciento de la batalla ganada. En Cuba esto es lo que básicamente ha sucedido, el cubano se transformó en policía de sí mismo y en gendarme inconsciente de una dictadura mal sana, criminal y buche amargo que nos caló hasta los huesos y nos puso a pedir el último, por casi 60 años, en la cola del pan con pasta y la guachipupa de fresa.
La vida en Cuba, para los cubanos del pueblo, se convirtió en un purgante revolucionario. Las doctrinas del Maestro fueron manipuladas por un “piquete” de oportunistas y desquiciados sinvergüenzas que tergiversaron la más pura nobleza del espíritu humano y nos impusieron el oscurantismo de una ideología que, en esencia, promociona la improductividad, la vagancia, la delación, la vulgaridad, el oportunismo, el chovinismo, la envidia, la traición y la lucha dentro de la misma clase.
Las escuelas en Cuba, desde los primeros cursos de la instrucción académica, se convirtieron en centros de adoctrinamiento castrista y de lavado de cerebro a favor de un hombre que, sin ninguna trascendencia histórica, a la altura de un Martí, un Gómez o un Maceo, pasó a convertirse en el “farolito rojo” de la patria al cual los cubanos teníamos que reverenciar, adorar y obedecer.
La ley primera de la “revolución” pasó a ser que quien no fuera revolucionario era un enemigo del pueblo y por tanto había que erradicarlo, acallarlo, desaparecerlo y hostigarlo porque en Cuba, tierra socialista patria de fidel, la calle era solo para los revolucionarios.
Subliminarmente el castrismo convirtió a la nación cubana en un campo de concentración para el espíritu de la libertad. Cientos de miles de hombres y mujeres fueron asesinados, fusilados, encarcelados, desaparecidos o desterrados por el mero hecho de no aceptar la imposición de un partido único, una constitución prostituida, un sistema de leyes arbitrario, un ególatra hablador de porquerías y un régimen antidemocrático, tiránico y dictatorial.
Adjunto a ese estado de terror, chantaje y muerte la dictadura de fidel castro implementó para los cubanos un plan de racionamiento alimentario, de escasez y desabastecimiento continuado, de necesidades elementales sin solución, de una burocracia insolvente y, lo peor de todo, de un enemigo fantasmagórico que nos acechaba constantemente y que era el único causante de todas nuestras desgracias.
¡Ay de quien no lo creyera así!
Con esos truenos los cubanos nos auto sumergimos en la lucha por la supervivencia. La aspiración a ser libres o a luchar por los más elementales derechos humanos dejó de existir porque nos pasábamos la vida cavando trincheras de piedras y de “ideas”, desyerbando surcos interminables, construyendo hoteles que nunca íbamos a poder disfrutar, marchando como comemierdas hacia un ideal, gritando que se vaya la escoria o aplaudiendo las sandeces y las bravuconadas del hombre que mas desgracias le provocó a los cubanos.
Lo del pan y el picadillo es otra historia.
Continuará…
Ricardo Santiago.



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