El castrismo es un cadáver putrefacto que hiede, infecta y mata.




Es cierto, la revolución castrista, la que inventaron los Castro en Cuba, la que vistieron de socialismo para camuflar sus malas intenciones, la que dijeron que era para los humildes y así disimular sus propósitos dictatoriales, la que nos vendieron como del pueblo cuando no es más que una vulgar y descarada tiranía, esa, esa porquería de proyecto social, esa misma, esa que tanto defienden algunos incautos en pleno Siglo XXI, agoniza, se hunde, se desfleca, se “desmerenga” y se pudre.
De nada les vale que se jalen los pelos esa partí’a de tambucheros ideológicos, que griten histéricamente, que se arañen, que se rasguen las ropas, que se quiten los zapatos, fú, fú qué peste, que jimiqueen, que mami qué dolor, qué dolor qué pena, lo cierto es que el castrismo tiene sus días contados, uno, dos, tres…, zas, zas, zas…, sanseacabó.
Y es que estamos asistiendo al pataleteo continuado de una dictadura que quiere, a toda costa, “sobrevivir” a la destrucción que ellos mismos han creado, sí, así, como quien no quiere las cosas, como si ellos fueran las víctimas de este cuento interminable o como si no fueran los únicos causantes de la destrucción que sufren Cuba y los cubanos.
Los Castro, máximos responsables de la debacle de toda una nación, aunque no los únicos, se prostituyen desesperadamente al mejor postor para intentar sostener un poder que no tienen y que solo mantienen mediante la represión, la más feroz represión que puede aplicársele a las ideas, a los reclamos, a la justicia y a los hombres.
Cuba es un país fantasma, con un pueblo muy adoctrinado que aun en medio de la más absurda pobreza bajamos la cabeza, cerramos los ojos, nos tapamos los oídos y nos tragamos el llanto, la desilusión y la tristeza. Los cubanos no queremos admitir que nuestro país, ese que tanto decimos que amamos, necesita urgentemente un cambio total, radical y que enderecemos la lógica del funcionamiento sin los Castro, sin el castrismo, sin dictadores y sin sus segundones sopla tubos de copiosa cabellera o de tetas postizas.
La revolución castro-mierdera está desesperada, sus manipuladores altoparlantes están en estado de coma, sus defensores repiten la misma cantaleta pero sin la pasión de antes, se les está acabando la cuerda, es evidente que ya nadie cree en el 26 de Julio pero mantienen la gritería porque no les queda más remedio, han mentido tanto, han ofendido tanto, han calumniado tanto y han agredido tanto que ahora tienen que meterse el rabo entre las patas a sabiendas que sus amos los van a dejar embarcados como a Chacumbele, en el piquito de la piragua.
En Cuba, en las calles, dan golpes, abusan del poder que tienen, encarcelan a un cubano de pueblo porque reclama libertad y en las redes sociales denuncian todo lo que se mueve para que, quienes expresamos ideas diametralmente opuestas a las de ellos, seamos bloqueados y silenciados.
Yo digo que eso es agonía, agonía y de la mala, de la que mata, es la desesperación y la frustración de un régimen que le teme al dialogo, a la confrontación, a la verdad, a la justicia, a que le miren de frente, a que les llamemos a las cosas por su nombre y a las sombras, por eso los castristas siempre caminan por la acera del bobo.
Nunca olvidemos que la revolución castrista nació de una traición, de un espaldarazo a todo un pueblo, de una vil mentira y de un gran absurdo que destruyó la vida de millones de seres humanos que lo único que querían era un país donde reinara la justicia, la paz, la libertad y la democracia.
Ricardo Santiago.




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