Defender el castrismo es defender el odio, la miseria y la destrucción de Cuba.




Existen personas que aun defienden a la dictadura de los Castro con argumentos, absolutamente mediocres y superficiales, de que la revolución “esto”, Fidel Castro “aquello”, Raúl Castro “el del más allá”, la educación y la salud “gratis”, los niños nacen para ser felices y los viejos…, “la igualdad social”, de que en Cuba nadie pasa hambre, de que los castristas no son una parti’a de criminales, de que el socialismo es cada vez “más fuerte” y, sobre todo, que los durofríos de la Gallega eran de fresa y no de rojo aseptil.
Pero, como decía mi madre, cada cual oye la música que más le gusta y eso a nadie le tiene por qué asustar.
El problema es que hay música para enamorarse, música para soñar, música para “pensar”, música para enajenarse y música para exaltar “valores” que van más allá de los límites de la decencia humana.
Y es que el castrismo, es decir, la dictadura de los Castro, siempre ha jugado y se ha burlado del límite de los cubanos. Para estos delincuentes de la razón todas las prohibiciones, limitaciones, absurdos, racionamientos y “regulaciones” al desarrollo de la vida misma en Cuba, han sido un plan orquestado y ejecutado por ellos para sumir a los cubanos en la más absurda precariedad y para mantener un control absoluto sobre el destino, la esperanza, los sueños, las aspiraciones, el pensamiento y el café con leche de todos nosotros.
Dice mi amiga la cínica que la dictadura castrista es un monstruo con rostro de arlequín buena gente que se vende barato y que cobra más caro que el carajo, que se ha auto titulado como la gran “salvadora” de los pueblos de las garras del capitalismo cuando en realidad lo que hace es ejercer un imperialismo doctrinero, socialistoide, vulgar y rapíñero para resquebrajar el orden mundial y establecer la política del populismo, del totalitarismo y las “dictaduras del proletariado” en los países donde logra “colarse”. Esta vez estoy muy de acuerdo con ella.
Yo siempre digo que para entender tan monstruosa “actitud” hay que remitirse a la raíz del problema y, nos guste o no, esta nos “despacha” al mediocre, absurdo y vergonzoso personaje que inició e inventó toda esta mierda que nos tocó vivir primero a los cubanos: Fidel Castro.
Fidel Castro, el “justiciero” de Birán, el cowboy del socialismo, el emperador divagando en su isla de ensueño, el debajo de la cama esta el maja o la escupida del Diablo fue un tipo absolutamente narcisista, ególatra, un gran autosuficiente insuficiente, un grandilocuente sin sentido y un idealista sin ideas prácticas que, por sobre todas las cosas, disfrutaba oírse, se extasiaba ejerciendo el terror sobre los demás, nunca admitió una voz por encima de la suya y que se creyó con el poder de hacer y deshacer, por la libre empresa, frente a un pueblo que lo contemplaba extasiado, adormilado, “agradecido” y sumiso sin querer comprender que vendíamos, mejor dicho, regalábamos nuestras almas al mismísimo demonio.
La retórica del castrismo se construyó a partir de la historia bíblica de David contra Goliat, una alusión muy funcional en la década de los 60s del siglo pasado cuando el mundo, y sobre todo los jóvenes, querían bailar al compas de las revoluciones sociales por aquello del “enfrentamiento” y porque para estar a la moda había que tener una actitud contestataria, rebelde y protestona.
El castrismo tejió entonces su discursito de país sufrido, atacado, amenazado, bloqueado, agredido y con todos esos ingredientes se lanzó a recoger limosnas, donaciones, “ayudas” y protecciones mientras impulsaba su macabro plan de expandir la idea de la revolución de los “inconformes” por el mundo.
Pero para justificar tales agresiones y “bloqueos” debía graficar y ejemplificar sus “consecuencias” en la práctica de la vida, de ahí que propiciara y permitiera la destrucción física de nuestro país, de nuestra economía, de nuestra industria y de nuestros recursos naturales a la par que “apretaba” hasta el infinito el cinturón de los cubanos con el cuento de que el imperialismo yanqui “nos quiere gobernar y yo le sigo, le sigo la corriente…”.
La realidad es que “el cinturón apretado” sí ahogó al pueblo humilde de Cuba, yo diría que injusta y cruelmente, mientras los principales castristas y sus familias acumularon inmensas fortunas que hoy disfrutan incluso viviendo en el exilio.
Lo más jodido y triste de esta absurda historia es que muchos cayeron en la trampa de defender a un régimen que ni fu ni fa. Andan por la vida como comemierdas parlantes ejerciendo una retorica defensiva del oprobioso castrismo lo mismo desde el Ministerio de Recursos Hidráulicos de Cuba que desde un programa en Lafayette, les da igual, por solo citar dos extremos ejemplos que utilizan, qué casualidad, similares palabras e idénticos discursos.
Ricardo Santiago.