Recuerdos de Cuba No. 6. Prohibido olvidar. “Los amores en el socialismo”.



En Cuba los amantes “enamorados” pasábamos las mil y tres noches para poder consumar las calenturas del cuerpo y los tormentos del alma. Me refiero específicamente a quienes no teníamos un espacio propio para dar riendas sueltas a ese sentimiento que, dicen, es el más universal de todos y que cuando no es liberado como Dios manda nos provoca un “dolor” del carajo…
Los cubanos después de 1959 con todos esos inventos castro-comunistas de la Reforma Urbana, esta es tu casa Fidel, los Comités de Defensa de la Revolución vigilándolo todo, el hacinamiento urbano, varias generaciones conviviendo en la misma casa y la pérdida total de la intimidad “individual” que dio paso al colectivismo revolucionario, tuvimos que “agenciarnos” nuestros propios espacios para poder “amar al ser amado”.
Así dimos riendas sueltas a nuestra imaginación e inventamos los “amores” de manigua, de solares yermos, de esquinas oscuras, de portales discretos, de construcciones abandonadas, de Centros Deportivos sin guardias nocturnas, de parques sin farolas porque un día de paseo una señora con su sombrero las rompió todas, del diente de perro de las costas de la ciudad y de cuanto espacio físico, con techo o a la intemperie, estuviera, aunque fuera un tilín, protegido de las miradas indiscretas.
Pero había otros, los llamados Albergues INIT, más conocidos por el pueblo como Posadas, verdaderos centros “matapasiones”, vivo reflejo del socialismo por la decadencia, la falta de higiene, ausencia total de la necesaria discreción y de las condiciones reales para “gozar” a plenitud el amor, donde lo mismo podías contraer una enfermedad o que te “miraran hueco”.
Aun así había Posadas muy populares y concurridas como las de La Playa de Marianao, la de 11 y 24 en el Vedado o la de Vento en La Víbora. Lugares donde tenías que hacer unas colas larguísimas y donde, por mucho que trataras de ocultar a tu pareja, por aquello de “siempre hay un ojo que te ve”, irremediablemente te encontrabas con algún conocido que, al día siguiente, hacia pública tu escaramuza amorosa.
Pues en este orden recuerdo que cierta vez, estoy hablando de principio de los 80s del siglo pasado, una noche, un amigo mío del barrio, huyéndole precisamente a la indiscreción criolla, se fue con una amiga a una Posada ubicada en otro Municipio habanero bien distante de nuestra “zona de confort”.
Todo iba perfecto, la cola avanzaba lenta pero “segura”, la oscuridad del “pasillo” propiciaba la intimidad necesaria para algunos apretones, besos y abrazos “de calzoncillos”, hasta que los faros de un automóvil que entró al parqueo de aquel Albergue socialista, iluminó por completo a mi amigo, a su amiga y a la pareja que estaba delante de ellos.
Esta situación, muy normal en estos lugares, habría pasado inadvertida si mi amigo y la mujer de la otra pareja no se hubieran reconocido e hicieran visible: Mi amigo un exagerado rostro de incredulidad y la mujer una cara de terror digna de espanto hasta para el fantasma que recorre el mundo.
Pues resulta que mi amigo, por una de esas cosas del “destino”, pudo ver que la mujer de la pareja que estaba “marcada” delante de él era, nada más y nada menos, la esposa de un connotado dirigente del Partido Comunista que vivía en nuestro barrio, por lo que la vida le estaba dando el cubanísimo “placer” de ser testigo de un “delicado” tarro político.
No les puedo contar lo embarazoso de la situación, el caso es que el hombre que acompañaba a la mujer del comunista llamó aparte a mi amigo y con voz de complicidad le dijo: “Mira reconozco que esto es muy difícil pero te doy cien pesos para que guardes el secreto y no se lo digas a nadie”.
A mi amigo por varios días se le vio cabizbajo, circunspecto, como si tuviera algo muy grande atragantado entre pecho y espalda. Nos esquivaba y no acudía a nuestras acostumbradas conversaciones de esquina, se escabullía para no enfrentarnos hasta que una tarde lo vimos enfilarse para la casa del militante comunista, tocar la puerta, llamar a la esposa del tipo y decirle: “Mire compañera aquí tiene los cien pesos, se los devuelvo porque yo, de verdad, no me puedo quedar con eso por dentro…”.
Ricardo Santiago.



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