Yo creo que, tal como vamos, los cubanos tendremos dictadura pa’ rato.

Y esa es, precisamente, nuestra gran tragedia nacional. Somos una nación esclava por autodeterminación y por votación unánime. Somos un pueblo subyugado hasta los huevos porque no queremos ser libres, porque preferimos el cepo y la tortura a vivir como Dios manda y no queremos independizarnos de nosotros mismos, y de las miles de cadenas dictatoriales que nos hemos enredado alrededor del cuerpo y del alma, porque tenemos miedo, porque tememos andar por la vida solitos, sin la guía de papá estado o del «líder» de turno que, según nos inculcaron desde que éramos chiquiticos y de mamey, son los “únicos” que saben qué hay que hacer y por dónde tenemos que marchar hacia un ideal.

Evita esa ideología peligrosa o morirás entre terribles sufrimientos.

No, amigos míos, la realidad cubana escapa a cualquier imaginación decente, los cubanos estamos en el epicentro de un huracán ideológico muy destructivo que arrasa hasta con las mejores intenciones, que destruye todo a su paso y que nos tiene a todos, a todos, todos, todos, pidiendo el agua por señas, viviendo en la más absurda oscuridad en pleno Siglo XXI, comunicándonos entre nosotros con una lata y un palo y maldiciendo la hora en que decidimos ser revolucionarios, fidelistas y tan comemierdas.

Otra “revolución”, un nuevo castrismo y un cubano cada vez más tonto.

En el exilio, en la expatriación, en el desarraigo, en la emigración cubana, en el destierro y en la excomunión, la misma “cosa” se complica aun más. Tal parece que nosotros los seres cubanos perdemos la memoria con el olor del jamón y el queso y repetimos los mismos errores, absolutamente las mismas equivocaciones, por las que un día tuvimos que largarnos de nuestra maldita Patria anegada en basureros, en sangre, en presos políticos y de conciencia, en odio entre hermanos, en oportunistas y vividores, en delincuentes y en muerte.

Otaola no es “malo”, los malos son los que le celebran su maldad.

Yo digo que este tipo de personaje representa, para nuestra comunidad, una involución y un desastre tan apocalíptico como el que nos ha causado el castro-comunismo. Por una parte demuestra que seguimos arrastrándonos tras falsos líderes de ocasión y por la otra puntualiza que nos hicieron, nos adoctrinaron y nos cagaron, como un pueblo que venera la maldad, que celebra la vulgaridad y que apoya la inmoralidad por encima de la inteligencia, de la vergüenza, del sentido común y de la verdadera cubanía.

Creo que nosotros los cubanos hemos “contaminado” a los Estados Unidos.

Hay actitudes en la vida, posiciones que uno asume, que definen en realidad lo que somos, en qué nos convertimos, hacia dónde vamos y cuáles son nuestras verdaderas aspiraciones. Eso es lo que les pasa a los cubanos que solo aprendieron y aprehendieron lo peor del adoctrinamiento comunista, los que nunca comprendieron que en Cuba socialista tierra de fidel nada es gratis, ni siquiera el criminal seremos como el che y que todo, absolutamente todo bajo ese régimen de porquería, está direccionado para transformarnos en energúmenos, en parásitos, en delincuentes o en tontos útiles.

¿Dónde fue a parar el dinero del contribuyente norteamericano?

Nosotros los cubanos, como siempre pasa, también estamos en el epicentro de esa burda traición a la confianza de nuestros principales protectores. Nos aprovechamos de las bondades de una democracia que confió en nosotros y nos hizo beneficiarios de financiamientos importantes con el compromiso de que íbamos a devolverle a Cuba la libertad, la democracia y los derechos humanos, todos pisoteados, mancillados y cancelados, por la peor tiranía que se ha apoderado de un país en toda la historia de la humanidad.

Cuba, un país en la miseria, una dictadura asesina y un pueblo “fantasma”.

La miseria nos devora desde los patria o muerte, la dictadura es dueña hasta de nuestras almas, el socialismo es el mayor monumento erigido por nosotros al apocalipsis, la educación más elemental se enterró seis metros bajo tierra para que no la matara las malas palabras, el cubano descalzo deambula como alma en pena, como un fantasma desnudo por las calles de mi barrio y la estupidez se convirtió en el mayor producto exportable de esa nación en ruinas, triste pero cierto…

No estar de acuerdo en “algo” no nos convierte en enemigos, digo yo…

Yo digo que por eso estamos como estamos. A veces pienso que el cubano aunque emigre, aunque logre escapar de aquel maldito infierno de mala educación, de miserias físicas y espirituales y de muertes al doblar de cualquier esquina, nunca va a sacarse de adentro el castrista con el que nació, nunca va a ser verdaderamente libre de polvo y paja y nunca, pero nunca, va a entender que la vida, la vida de vivir, la única vida que Dios nos dio, tiene tantos matices, tantas acepciones, tantos colores y tantas variantes, como seres humanos o cubanos habiten en ella, así de simple…

Nunca voy a dejar de atacar a esa criminal dictadura castro-comunista.

La tiranía castrista, ese mal empotrado no solo en nuestros cuerpos cubanos, también enclaustrado en nuestras almas cubanas, debe su existencia, y esto lo reconozco con personal responsabilidad, a nuestra inmensa cobardía, a nuestra falta de compromiso para con Cuba y a nuestra primitiva mediocridad y superficialidad como “raza” que prefiere seguir tras las huellas de un “cabroncito de la cultura” antes que generar su propio sentido común, su verdad sobre el mundo en que vivimos o sus criterios personales para no tener que, por obligación, por embullo o por imposición, doblegarse ante la maldad de otros.

Usted no claudique, defienda su verdad a pesar de la opinión de los imbéciles.

Por eso aquí en el exilio encontré la manera de expresarme sin miedos. Abrí los ojos y entendí, al doscientos por ciento, la mentira en la que había vivido, la gran estafa que significa el socialismo y me prometí, me juré por los restos de mis padres, no hacer silencio ante lo que me parezca incorrecto, no callar para no herir «susceptibilidades» y, lo más importante, sacar para siempre de mis entrañas el castrista que traje conmigo…

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