¿Cómo derrocar la dictadura de los Castro en Cuba y en Venezuela?





Muchos me preguntan cómo hacerlo y yo les juro que no tengo la respuesta. ¡Qué más quisiera! Sólo me atrevo a asegurar que algunos servicios de inteligencia, grupos, asociaciones, partidos, hombres y mujeres más capacitados y poderosos que yo lo han intentado y no encontraron la fórmula, aunque sí creo que le propinaron al castrismo sus buenos pescozones.
La dictadura castrista funciona como un pulpo hambriento, abraza con sus tentáculos todo cuanto puede, no suelta, succiona lo que es y lo que no es y va dando picotazos de a poquito hasta que destroza la conciencia, la voluntad y la inteligencia de los pueblos y se las traga enteritas, de un tirón y sin masticar.
El “éxito” fundamental de estas malformaciones ideológicas radica en cómo y cuánto son capaces de manejar los sentimientos populistas de las masas y hacerles creer que representan el mejor orden social, la justicia del proletariado, la lucha de clases a favor de los humildes, la erradicación del analfabetismo, la libertad, salud y educación para todos, muerte al invasor y a partir del día primero el jugo de guayaba será por la libre.
Muchas personas, pero muchas, muchísimas, caen en la trampa y, por una razón u otra, se convencen y se convierten en defensoras y portavoces de estos regímenes tiránicos, totalitarios, marxistas y pordioseros. El socialismo sólo triunfa en las sociedades débiles democráticamente hablando, actúa como un depredador cauteloso, oportunista y en la menor ocasión hace su aparición, siempre a través de un seudo-caudillo popular, y se instala en el poder con aspiraciones de “para toda la eternidad”.
En Cuba los cubanos lo vivimos y lo padecemos todos los días. La dictadura de Fidel Castro creó un país totalmente dependiente de sus disparatadas ideas y aun hoy podemos sentirlo en que muchos cubanos, con el estómago vacio y desbaratado por las úlceras revolucionarias, son capaces de llorar al sátrapa y gritar “yo soy Fidel”. No existe prueba mayor de sumisión y de dominación sicológica que esta, con pueblos así las dictaduras de “izquierda” bailarán eternamente el vals del relajo, la represión, el adoctrinamiento, el racionamiento, los trabajos “voluntarios”, las MTT, el picadillo de soya, los mítines de repudio, los desfiles multitudinarios, las canciones patrioteras y un solo pan diario por persona.
Por otra parte estos regímenes crean un sentimiento de egoísmo muy grande en los seres humanos. En lucha constante por la supervivencia, y por tratar de subsistir en una sociedad donde escasea hasta “el aire pa’ respirar”, las personas se deshumanizan y son capaces de sacar sin ningún pudor las más bajas pasiones, es decir, la delación oportunista y traicionera, la indisciplina social, la mala educación, la vulgaridad, la hipocresía, la tripe moral, el adulterio político, márcame en la cola de las papas, el rapiñe amoroso, la mendicidad moral, la desvergüenza y la mentira como condiciones obligadas para lograr prebendas, puestos de trabajos, impunidad y, hasta si se quiere, un poquito más de vida en un medio donde la muerte física y espiritual campea por su respeto.
Por eso estas dictaduras son tan difíciles de destruir. Se enquistan de tal manera en los países donde “triunfan” que los pueblos la hemos de sufrir por muchos años y padecer las calamidades que generan mientras aprobamos y justificamos como zombis, como “dormidos en el metro”, como “adoradores” de un Papá Estado o como cómplices, consientes o inconscientes, de que un pequeño grupo de “comunistas” en el poder y sus familias acumulen fortunas millonarias y vivan como marqueses del agua tibia mientras el pueblo padece los más burdos racionamientos, las más absurdas prohibiciones y las más crueles injusticias.
Con todos esos truenos nadie duerme. Nadie tiene la solución para derrocar a estas “revoluciones” porque las muy hijas de puta para salvarse matan, asesinan, torturan y encarcelan.
Aun así soy de la opinión de que todo cuanto se ha hecho y se hace de alguna manera ha ayudado a “desmerengar” al monstruo porque: ¿Existe mayor prueba de la ineficacia de estos regímenes que los éxodos masivos? ¿Existe mayor demostración de improductividad económica que el racionamiento, el desabastecimiento y el hambre? ¿Existe mayor prueba de represión social que la prohibición a pensar diferente?
Las pruebas existen para quienes quieran verlas, sentirlas y creerlas. Por mi parte considero que una acción importante, para ayudar a derrocar a estas dictaduras, es la denuncia constante de los crímenes que cometen estos asesinos. Estoy seguro que si todos lo hacemos cada día una persona se sumará a nuestra lucha y ayudaremos así a que el merengue de la revolución se convierta en el agua bendita de la democracia.
Ricardo Santiago.



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