A los castristas: Cuando se pierde el honor se pierde todo.




Como todos saben jamás, pero “jamás de los jamases”, dirijo mis “análisis” a personas, que no sean personajes públicos, por muy desagradables, repugnantes, odiosas, antipáticas o castristas que resulten.
El problema, mi “padecimiento”, radica en que no me gusta el bate, que bate, mi chocolate que se forma entre el aludido, sus “gangarreas” colgantes, es decir, sus seguidores “incondicionales”, y quien hace la crítica, el señalamiento, el comentario, el pellizco o el “pomito” con el análisis y valga la redundancia.
La vida me ha enseñado, mejor dicho, Facebook me ha enseñado que la mayoría de los seres humanos convertimos los desacuerdos en ofensas, malas palabras, insultos, vejaciones y agresiones que, desgraciadamente, y muchas veces, incluyen a terceros, fundamentalmente a progenitores e hijos.
En la vida real cada vez que veo actos de este tipo en las redes sociales, u otros espacios, siento vergüenza ajena, una pena que me sube y que me baja, un dolor en medio del pecho y una pelotera en la garganta porque nunca voy a entender cómo los cubanos, del sabroso y muy criollo choteo, hemos caído en la burla burda, la falta de respeto, los adjetivos denigrantes, la acusación sin fundamentos, la sexualidad ajena en primer plano, la tortilla de medio huevo, el chantaje emocional, la brujería sin “maldad” y las defecaciones festinadas en las madres ajenas.
Increíble pero cierto.
Recién leí un post, que reprodujo una buena amiga, donde se denuncia que las hijas de uno de sus amigos fueron víctimas de manipulación fotográfica y ultraje a su santidad y sanidad mental porque, y es lo más doloroso del caso, ambas criaturas son menores de edad.
Y todo porque el criminal en cuestión, es decir, el agresor, el “Máster” en fotoshop, el “alcahuetero” de los hombres, el marabú indolente o el “gallito” de Cancún, no estuvo de acuerdo con un comentario y dio riendas suelta a su…, no sé ni cómo carajo decir, pero bien, imaginación, cloaca letrinera, alpargata fidelista, materia roja con carnet, conciencia adoctrinada, heces mentales, la medallita de la lengua, en fin, lo de este tipejo indigna, no tiene nombre, se pasa de castaño oscuro y debemos ponerle freno, con urgencia, 911, a la impunidad con que cree vivir y repartir los panfletos que heredó de su revolución pederasta.
Fidel Castro creó a sus “revolucionarios”, a sus fieles difuntos, perdón, seguidores, y a sus incondicionales milicianos del proletariado, a su imagen y semejanza. Yo, para serles sincero, creo que entre Cuba y parte del exilio deben quedar todavía millón y pico de estos ejemplares que, si los analizamos bien, los rasgos más importantes que les afloran desesperadamente por los poros son la impunidad que creen tener, la pérdida total del honor, de la gallardía y del sentido común.
Cuando un ser humano, y fíjense que no importa si es hombre, mujer, homosexual, un santo penitente o un espíritu burlón, pierde el honor y la dignidad se convierte en “eso” que vemos reflejado en el sujeto a quien estoy haciendo referencia, un fleco castrista repartiendo la “salsita” de su revolución a diestra y siniestra, sin entender que la del pollo no se le puede poner al pescado y viceversa porque al final ambos saben a rayo.
Hace un tiempo publiqué sendos comentarios sobre un hermano, un personaje público, que este “cascabelito” sin melodía tiene. Yo nunca en mi vida había visto a un hombre reaccionar con tanta histeria, tantos gritos “achancletados”, tanta guapería “mar por medio” y tantas bravuconadas lastimosas como las que profirió, en torno a mi persona y a mi santa madre, este “gavilán” cederista.
El fulano, por las cosas que me decía, estaba loco porque yo le contestara, pero no, se quedó con las ganas, seducido y abandonado, vestido y alborotado, cantando La Internacional al pie del cambolo de Birán y, les confieso, no lo hice porque a mí, en la vida real, este tipo me da tremendo asco.
Al final este es un ejemplo vivo, o medio vivo, del mayor logro de la revolución castrista, por eso tenemos que prestarle atención en su justa medida.
Solo me queda decir, a quienes están preparando la denuncia policial contra este mensajero del castrismo…, por cierto, hablando como los locos, fíjense como se arrebata en defensa del hermano y el otro jamás lo menciona, para nada, como si no existiera…, que si necesitan más pruebas conservo cada una de las agresiones y amenazas que este infeliz, medio trastorna’o, profirió contra mí un “buen” día…
Ricardo Santiago.




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