El hambre duele, la miseria mata y la destrucción de Cuba vence a todos los cubanos.



En Cuba, como todo el mundo sabe, muchas cosas provocan dolor, muchas, muchísimas, incluso más de las soportables por un solo corazón, aunque algunos piensen que a nosotros, los seres cubanos, nos va eso del “masoquismo proletario”, la miseria a tres libras por cabeza o el último la peste y el primero se la traga.
No hay peor ciego que quien no quiere ver, mirar, sentir y reconocer la realidad que vive un país hundido hasta las ideas en la putrefacción, en el abandono y en los suspiros estomacales.
El problema está en que todavía hay miles de comemierdas sueltos por ahí meneando “la banderita”, dándole desaforadamente a la lengua sin pensar en las consecuencias y cagándose literalmente en el dolor de un pueblo que lleva, más de sesenta y tres larguísimos años, sufriendo la peor dictadura totalitaria desde que se inventó “la explotación del hombre por el hombre”, me perdonan la expresión, por lo de cagándose, digo.
La estupidez masificada, generalizada y exaltada por diplomas, medallas y aplausos, es el arma más eficaz del castrismo para subyugar a los cubanos.
Por eso la lista de los “dolores” que padecemos es enorme y muy triste, es decir: la familia dividida, la desigualdad social, la falta de libertades cívicas, las prohibiciones de todo tipo, el mismo apellido en el poder, los asesinatos a opositores, el títere asesino que no para de hablar sandeces, el hambre nacional, la indigencia física y mental, los elevados precios de todo lo necesario, la represión desmedida y el exilio como la única salida, que encontramos muchos de nosotros, para poder comer “arroz con frijoles” acabaditos de hacer.
El dolor es una de esas palabras de las que nadie quiere saber, comprender o simplemente entender su significado. Al menos nadie que esté en su sano juicio. El dolor es comparable a tener que ponerte unos zapatos que te queden chiquitos y caminar muchas cuadras para asistir a una “actividad”. Muchos seres cubanos saben de qué estoy hablando.
Cada ser cubano piensa y siente que su dolor es el más grande del mundo. Y con razón. El dolor que se siente es indescriptible e inenarrable, aunque la intensidad, a veces, se puede calcular por los gritos de quien sufre, padece o “calla y otorga”.
Desafortunadamente algunos malos cubanos se han especializado en causar dolor, en hacer sufrir, en maltratar y lastimar al resto del pueblo por el simple placer de mantener a un régimen criminal en el poder y vivir de las migajas que este les tira por servicios prestados, no les importa cuántos de nosotros, de una o mil maneras, sufrimos su desidia, su cobardía, sus delaciones, la traición y la represión que desatan para, como dije, que no los arañen “las uñas sucias de la miseria”.
Un hombre que no ama daña porque el desamor es una de las principales fuentes de donde brota el maltrato, la violencia, la angustia, los abusos, la prepotencia y la intolerancia.
Los dolores del cuerpo se curan pero los del alma jamás.
Una mujer que infringe dolor se deshumaniza, desaprovecha la capacidad de crear la vida buena y se pierde en los laberintos de la infecundidad y la locura.
Un líder sabio, honesto, inteligente, decente y humano, no causa dolor a su pueblo, no descansa mientras uno sólo de sus seguidores esté insatisfecho con su gestión, mientras muchos tengan que irse a dormir con el estómago vacío, mientras exista disparidad entre su mesa bien servida y la de sus conciudadanos o cuando ha visto en la precariedad en la que viven o en las terribles condiciones en las que crecen, se educan y se forman los niños ajenos.
El dolor que se siente y no le encontramos explicación es el peor de todos.
Un porciento significativo del pueblo de Cuba sufre y agoniza. Los cubanos por ineptos, ilusos o cobardes llevamos con el mismo sufrimiento más de sesenta años. El dolor causado por la tiranía castrista a los seres cubanos no tiene alivio, esa maldita revolución de los apagones convirtió nuestras vidas en sacrificio, más sacrificio y más sacrificio. Lograron dañarnos desde la raíz y nos cambiaron hasta el gusto de las frituras de malanga y de la vida por la muerte.
El castro-comunismo es una maquinaria destructiva que infringió todas las leyes de la decencia humana, de la cubanía y de la lógica, es un monstruo que devoró la salud de una nación cambiando su historia, manipulando su esencia, destrozando el legado de sus Padres Fundadores hasta dejarla hecha un guiñapo que duele, que duele mucho, que duele muchísimo….
Ricardo Santiago.



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