El hambre en Cuba es la peor pandemia, la más dañina y la más criminal.



A quienes se explayan en defender el socialismo de alcantarillas que impera en Cuba, no les queda otra que inventar cifras, porcentajes, falsos números y emitir mentiras sobre la realidad de un país que solo es entendible cuando se vive allí, en la concreta, en el día a día, en la noche a noche, esperando una guagua en la “confronta”, marcando en una cola fantasma pa’ cuando vendan el “american chicken” e intentar sobrevivir a un buche amargo que no baja por el gaznate ni aunque nos tomemos toda el agua, bendito sea Dios, del Río Almendares.
Así mismo, un asco tremendo.
Pues bien, por dónde vienen los truenos, según un informe de la FAO, una “dependencia” de la ONU que nunca he entendido para qué carajo sirve realmente, dice que Cuba está entre los tres países de América Latina con menos hambrientos, es decir, según esa “afanosa” institución nuestro país tiene un porcentaje de habitantes con el estómago vacío inferior al 2,5 % de su población total.
Para mí, y lo digo aquí entre nosotros porque siento vergüenza ajena, ese estudio, ese análisis, ese informe o esa divagación estomacal de las tres varas de hambre que históricamente hemos padecido los cubanos desde el 1 de Enero de 1959, tiene que ser un chiste, un coqueteo político con la dictadura castrista, un pásame la mano por la barriguita que tengo cólicos, un absurdo del derecho internacional, un concierto de tripas anémicas o una gigantesca falta de respeto a la inteligencia de un pueblo que lleva más de sesenta y tres larguísimos años, ¡sesenta y tres años cojones!, sufriendo un criminal racionamiento alimentario, una pérfida subalimentación causada por intereses mezquinos de un régimen totalitario, padeciendo escasez de todo y por todo, partiéndose el alma para poner un plato de comida decente a sus hijos, inventando las “recetas culinarias” más surrealistas de este planeta, tragándose los inventos más asquerosos del mundo y apretándose los huevos pa’ no morir de vergüenza antes de llegar a fin de mes pues solo nos dan cinco por persona cada 30 días.
Es que para hablar del hambre en Cuba hay que vivir allí, lo otro son cuentos de camino y puras especulaciones de malas personas que quieren congraciarse con “la realidad objetiva”, empujar al “muerto” pa’ que siga hablando sandeces, salir en la televisión pareciendo los salvadores del tercer mundo y engatusar a la humanidad con que el modelo socialista te llena el refrigerador de pan con salsa, la barriga de retorcijones, el cerebro de malas intenciones y el corazón te lo pone a mil por la angustia de que te explote la olla o se te quemen los frijoles.
Yo siempre he dicho que solo se puede entender la realidad cubana, en cualquiera de sus manifestaciones sensoriales, cuando se estuvo becado en el sistema de enseñanza que inventó fidel castro para adoctrinar a varias generaciones de cubanos, haber participado en las esclavistas escuelas al campo desyerbando surcos de vuelta y media, haber pasado el servicio militar obligatorio con sus alarmas de combate incluidas en plena madrugada, estar ingresado en un hospital y depender de la “comida del centro” o de las esquinas, no recibir ayuda económica del “Norte” por no tener a nadie que te “escriba”, ser un ciudadano de a pie sin padrinos u oponerte abiertamente a ese régimen criminal que, como primer acto de soberbia dictatorial, te tacha de los libros de la patria y te chantajea con la repugnante sentencia de quitarte para siempre la comunista y revolucionaria libreta de racionamiento alimentario.
Pero bien, aun cuando el disparate del 2.5 % de cubanos hambrientos fuera cierto, que yo digo que no, que son muchos, muchísimos más, constituye una verdadera vergüenza nacional, un minuto de silencio escandaloso, una verdadera traición a la patria por parte de un régimen, un “modelo económico”, un “cocinero en jefe” y un mediocre ejército de ayudantes que alardearon ante el mundo, por más de medio siglo, que multiplicarían los panes y los peces, que los seres cubanos engordaríamos diez y doce libras cada uno, que produciríamos “jama” pa’ comer y pa’ llevar, que tiraríamos la casa por la ventana, que nadaríamos en jugo de guayaba y jugaríamos con enormes sanguisis de jamón y queso como si fueran barquitos a control remoto.
No, ese cuento del 2,5 % que se lo hagan a otros pero a nosotros no. El hambre en Cuba tiene muchas caras, el hambre en Cuba está intrínsecamente ligada a un diabólico socialismo que esos criminales persisten mantener en contubernio con sus amiguitos de la ONU, la FAO, el FEO y la madre que los parió.
Ya lo dijo Villaverde al salir del hospital: “En el socialismo jamás jamarás jamón.”
Ricardo Santiago.



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