Revolución castrista, muertes y más muertes, el exterminio de toda una nación.



Yo siempre digo que hay muchas formas de quitarle la vida a un ser humano, o cubano, muchas, muchísimas.
Algunas son más rápidas que otras pero todas, aunque quieran disimularlo, convierten en criminales, en asesinos y en genocidas, a quienes las orquestan, las ejecutan o, sencillamente, son cómplices de ellas.
Un dictador es toda persona “que recibe o se arroga el derecho de gobernar con poderes absolutos y sin someterse a ninguna ley, que abusa de su superioridad, de su fuerza o de su poder en su relación con los demás.”
Yo aporto a esta definición que todo dictador “que se respete” tiene que matar para conservar, para mantener, el “poder” que le robó descaradamente a una democracia.
fidel castro inventó la revolución de los “humildes” para enmascarar, justificar y camuflar su deseo de convertirse en el dueño absoluto de la vida de los seres cubanos. El muy hijo de puta se autonombró primer ministro y no le importó a cuántas personas tuvo que encarcelar, fusilar, hacer desaparecer o silenciar, para lograrlo.
Pero, en honor a la verdad, ese sujeto no fue el único que mandó a matar, otros junto a él también están comprometidos o ligados al asesinato, a los fusilamientos, a las desapariciones, golpizas, torturas, vejaciones, atropellos, escarnios, amenazas y a la muerte de cientos de miles de cubanos.
Hay una enorme lista de castristas que han cometido millones de crímenes en Cuba, que son responsables directos o indirectos, por los que tienen que ser juzgados.
Desde la mismísima Sierra Maestra la hiena de Birán fusiló a muchos hombres por las causas más inimaginables, argumentando que con esos asesinatos daba el ejemplo para proteger la “moral revolucionaria”, pero, como todos sabemos, en realidad su única finalidad fue sembrar el terror y la obediencia ciega hacia su persona y lograr que lo siguieran sin chistar la pandilla de “rebeldes con causas” que lo secundaban y que a la postre serian el núcleo “histórico” de esa maldita revolución.
Algún día se podrá demostrar la ilegalidad jurídica de los “tribunales de justicia” del castrismo.
Los primeros años de la década de los sesentas, que vivimos muchísimos cubanos, están tintos en sangre y así pasarán a la triste historia de nuestro país.
He leído mucho sobre los “truenos” de La Cabaña. He oído contar experiencias desgarradoras de madres, padres, hermanos, hijos y amigos, sobre la indiferencia y la burla de esos criminales regodeándose con sus “hazañas” y con su “juego de matar” sin importarles el dolor causado a familias enteras de cubanos.
Los fusilamientos masivos en Santiago de Cuba, muchos de ellos realizados sólo por “sospechas” o por falsas delaciones. Las ejecuciones sumarias, como “fiebre revolucionaria” y manifestación del nuevo “orden y progreso” que “merecía” la Patria, convirtieron a los castro en lo más sanguinario que nos ha tocado en toda nuestra vida como nación.
Muertes y más muertes, miedo tras el terror y el pueblo enajenado, corrompido y podrido gritando ¡paredón!, ¡paredón!, ¡paredón!
Muchas madres llorando, suplicando, clamando por humanidad y el primer apóstata nacional jactándose orgulloso de su obra y “sembrando” la doctrina que, según él, lo llevaría a la eternidad y dejaría por sentado que la vida de los cubanos, la vida de pensar, respirar, coser y cantar, le pertenecía a él, sólo a él.
En Cuba hay muchas maneras de morir o de que te maten. Muchas. La peor de todas, a mi juicio, es la muerte en vida, y de esa los cubanos vamos sobrados, casi que la cargamos desde que nacemos y la llevamos a cuesta con todas las prohibiciones, ilegalidades y los “no se puede” o “eso no está permitido”, que nos impone esa dictadura como única forma de “subsistencia”.
Los miles de seres cubanos que murieron de la mano de esos asesinos en paredones, en huelgas de hambre, por golpizas, encarcelados, de tristeza, traicionados, ahogados en el mar, desesperados, humillados, en fronteras extrañas o abandonados en selvas interminables, son también nuestra responsabilidad si nos mantenemos en silencio o indiferentes, por eso digo que tenemos que denunciar todos los días a esa banda de criminales para que el mundo escuche nuestro dolor, reconozca nuestra rabia y se sume a nuestra impotencia.
Yo acuso públicamente al castrismo del asesinato de una nación.
Los castro, a mi juicio, traspasaron los límites de la decencia humana con su maldad y sus ansias de poder, desmembraron sistemáticamente nuestra nacionalidad, nuestra cubanía, a la familia y a cuanto ser vivo se les ha opuesto o enfrentado lo cual, sin exagerar mis conocimientos jurídicos o policiales, los convierten en vulgares asesinos en serie. Así de simple.
Ricardo Santiago.



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