El socialismo y esa maldita dictadura son el peor huracán que arrasa con Cuba.



Hoy voy a desnudarme públicamente y confesar algunos traumas que adquirí cuando era niño y vivía en Cuba socialista, “tierra de fidel”, tierra del comunismo cavernícola, de la revolución de los apagones, de los patria o muerte y de los seremos como el che.
Les confieso que no es sencillo dar este descomunal paso y, sobre todo, no es fácil para mí retrotraerme a un pasado tan tormentoso, machacador, sinuoso, bochornoso y triste, que quienes lo sufrieron como yo recordarán fue una época gris con pespuntes negros, algo así como vivir acechados perennemente por el “coco”, por el hombre del saco, por la “vieja” del comité o por “el viejo degenerado que se roba los niños”.
En Cuba, a partir del 1 de Enero de 1959, los seres cubanos caímos en una especie de trampa “existencial” donde fuimos absorbidos por la demagogia comunista, despojados de nuestras tradiciones ancestrales, de nuestros vínculos con el mundo “civilizado”, donde aceptamos odiar “el pasado” para adorar un invento de revolución absolutamente maligno, destructivo e involutivo, donde nos despojamos de nuestra elegancia tropical para embarrarnos el cuerpo y el alma con absurda histeria patriotera y donde trastocamos la palabra linda, hermosa, coqueta y viril por la chusmería, por la violencia, por la intolerancia y por la agresividad de un sujeto que nunca nos trató con respeto o como ciudadanos libres.
Quienes nacimos a principios de la década de los sesentas fuimos la primera generación en sufrir los experimentos del castro-comunismo. Recuerdo que en la escuela, desde chiquiticos y de mamey, nos organizaban tremendos matutinos políticos donde los loas a la “revolución triunfante”, a los héroes y mártires se les recuerda sin llanto y a la mismísima figura del comandante tin, marín, de dos pingüé, eran el pan nuestro de cada día.
También era “muy revolucionario” representar la protesta de Baraguá y, no sé si por el color de mi piel o por mi vocación por la Historia, una vez me tocó interpretar al General Antonio Maceo.
Mi madre, la pobre, tuvo que pugilatear unos saquitos de harina para confeccionarme un “traje mambí”, la pobre, se fijó por una foto del Titán en una Revista Bohemia y, para no hacerles el cuento muy largo, al final, entre aquel disfraz de “panadero” y la barba que me pintó con un creyón de cejas, al que le hice tremenda alergia, en vez de Maceo parecía un…, bueno, tuvieron que suspender el matutino y la maestra puso el grito en el cielo porque le jodí la “obrita de teatro” y le dejé a un Martínez Campos victorioso sobre la tarima de la escuela.
Después vino lo de la bomba atómica. Algo que me quitó el sueño por varios años. Parece que a uno de los ideólogos del partido comunista se le ocurrió la maldita idea, para amedrentar, elevar la moral revolucionaria o despertar los sentimientos nacionalistas de un pueblo que empezaba a hastiarse con tanta marchadera, gritería, trabajos voluntarios y por tener la barriga vacía, de decir que los yanquis nos querían borrar de la faz de la tierra, exterminarnos por ser tan comemierdas y desaparecernos del mapa con un ataque “rápido y furioso”, digo, nuclear, quirúrgico y letal.
¡Pa’ qué fue eso! La cagazón fue del carajo, la gente especulaba con que si era verdad o mentira, con teorías acerca del “bombardeo” que iban del ridículo a lo “científico” con una sabiduría “a lo cubano” que, la verdad”, a mí me daban más miedo que tranquilidad. Recuerdo que le propuse a mi madre, la pobre, abrir un hueco en el piso del cuarto pa’ meternos juntos y ella muy circunspecta me dijo: “De eso nada, en cuanto caiga la bomba te metes debajo de la cama y tu veras como…”.
Ya un tín más grandecito “me cogió la corriente” con los calzoncillos. Si la memoria no me falla vendían uno o dos, al año, por la libreta de productos industriales. Recuerdo que la marca era TACA, no eran chinos pero como si lo fueran, perdían el elástico a la tercera lavada e imagínense, voy abajo que no hay quien me pare…
Pues resulta que estaba yo hablando con una muchacha de la que me había enamorado perdidamente y el tipo, es decir, el calzoncillo, empieza baja que te baja y ella que vamos para el parque y yo que no, vamos a quedarnos aquí, y ella insistiendo, y yo sudando del pánico porque tenía al “tipo” por las rodillas y si daba un paso, uno solo, me iba a “enredar” y me iba a ir de cabeza contra la acera…
Ricardo Santiago.



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