Los cubanos, por imbéciles y por ignorantes, nos hicimos comunistas…



Hace unos días un amigo me sugirió que soltara una de mis “locuras” definiendo, desde mi perspectiva como ser cubano de infantería, qué carajo es el comunismo y, más exactamente, qué “cosa” es ser un comunista castrista o un castro-comunista.
Quiero empezar aclarando que el comunismo es una “cosa” muy extraña que no tiene explicación, pero, aun así, yo digo que existen dos tipos de comunistas, los que agarran la sartén por el mango y se comen la semilla y los que son “un mango” pa’ que los frían en la sartén con el cuento de que sabe a platanito frito.
Dice mi amiga la cínica que un comunista es una “cosita” muy fea, muy desagradable, muy repugnante, muy difícil de entender, porque de boca pa’ fuera tiene un discurso altruista, “sacrificado”, preocupado por los demás, por saber a qué hora van a repartir el pollo de población, si ya llegó el pesca’o de dieta, si ya repartieron la leche en polvo a los niños y a los adultos mayores o si arreglaron la fosa reventada de la esquina que la peste a mierda no deja dormir a los vecinos, y por la otra, de boca pa’ dentro, en el interior de sus “moradas”, en la intimidad de sus secretos a voces, son unos descarados, unos hipócritas, unos doble moral, unos sinvergüenzas, ladrones, unos corruptos a los que les gusta vivir a todo tren, en el “aire acondicionado del capitalismo”, tomarse el café con leche del capitalismo, ponerse la mejor marca de pitusa del capitalismo, comerse el pan del capitalismo, usar el desodorante del capitalismo y mirar con asco, con desprecio y subvaloración, a los pobres proletarios del socialismo.
Me contaban los viejos de mi barrio que antes de Enero de 1959, es decir, antes de la asonada terrorista que protagonizó fidel castro y que por desgracia para todos lo llevó al “poder eterno” en nuestro país, nadie en Cuba quería ser comunista o tener si quiera que ver algo con esa porquería ideológica, que los cubanos tenían mucho sentido común y entendían perfectamente que había que mantenerse bien alejado de esos revoltosos pues nadie en su sano juicio creía que la riqueza se repartiría parejita para todo el mundo, que todos éramos “socialmente” iguales, que el café lo mezclarían con tanto chícharo y que un país podía ser próspero, desarrollado y decente, con un régimen que proclamara tantos absurdos, tantos disparates y tanta bobería.
Pero, después del 1 de Enero de 1959, parece que a nosotros, a una inmensa mayoría, el sentido común, “la muelita del juicio”, la lucidez y la cordura, se nos salieron por el conducto de expulsar los desechos del organismo y, sin que mediara razón alguna, de la noche a la mañana, nos volvimos comunistas, comunistas de cañón, de perchero, más comunistas que cualquiera de los “otros comunistas” del mundo, y tiramos, mejor dicho, arrastramos por el piso, pisoteamos, destruimos en un solo segundo, la hermosa, adelantada, confortable y olorosa isla que, durante más de cincuenta años, habíamos construido.
Y, nada, como dice la voz popular, el cubano o no llega o se pasa, llenamos el país, nuestro país, de comunistas con carnet, de comunistas sin carnet y de aspirantes a subir el “escalón más alto de la especie humana” del que, según ha demostrado la verdadera historia, algunos ambiciosos nunca se bajan a no ser que los empujen.
Yo digo que algo muy extraño tuvo que sucedernos a nosotros, algo así como un inexplicable accidente “churro-vascular” en nuestros cerebros o en nuestros corazones, para que gritáramos, como unos ridículos ignorantes, aquella “histórica” y estúpida frase de: si fidel es comunista que me pongan en la lista.
Las aberraciones, los delitos, las usurpaciones y los atropellos que se cometieron en Cuba, en nombre de esa fracasada, mercenaria y déspota ideología del ser social y la conciencia social, no pueden describirse porque nos harían falta otros sesenta y tres larguísimos años para contarlas, solo me aventuraré a decir que nunca un pueblo, un país o una nación pudieron caer más bajo, se hundieron festinadamente en su propia porquería y se atragantaron tanto con su propia toxicidad, que cuando decidieron apoyar a un partido comunista para que fuera la fuerza rectora de la sociedad.
No quiero terminar sin antes decir que el comunismo es una gran mentira, es un libreto escrito y ajustado para imponer la falsa colectividad por encima de la individualidad y dar, a quienes ejercen el poder “del proletariado”, una licencia para robar, para matar, para reprimir y para hacer, con total impunidad, todo cuanto les salga de las nalgas…
Ricardo Santiago.



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