Sí, el “alma” duele, y duele más cuando vemos el desastre de país que hoy tenemos.



Me dice mi “psicoterapeuta” que si quiero aliviarme de los trastornos tan tremendos que me indujo el castro-comunismo, y que me persiguen donde quiera que voy como piojo de escuela socialista, lo primero que debo hacer es reconocer mis traumas públicamente, escribir una lista enumerando cada uno de “esos sustos que no me dejan vivir” y, mientras lo hago, que me tome una pastillita de Meprobamato, un buen cocimiento de pasiflora y que me siente en algún lugar no sea que al releerlos me dé una “cosa”, me caiga redondito contra el suelo, y después no haya dios que me cure la mala impresión y se me quede la cara de comemierda por el resto de mis días.
Porque en eso sí que vamos a coincidir muchos seres cubanos, es decir, en la cantidad de trastornos, complejos, limitaciones, introspecciones, mutismos, mal dormir, “quitimoni bájate los pantalones”, sobresaltos, palpitaciones y retorcijones que nos provocó la dictadura castro-comunista y que no hay Santo, ni terapeuta y ni esta medicina en la botica de la esquina, que nos ayude a calmar los desasosiegos, las frustraciones, las tristezas y esta pena, esta vergüenza propia y ajena, que nos están matando.
Porque sí, es muy cierto, es real que el alma duele y mucho, y si no me creen pregúntenle a mi amiga la cínica que sabe bastante de esas cosas. El alma de quienes amamos ese pedazo de isla que nos arrebató la maldad castrista, ese hermoso país que hoy vive bajo toneladas y toneladas de escombros, se nos consume irremediablemente ante tantas imágenes de destrucción, de abandono, de miseria, de inmovilidad, de inercia y de muerte en vida.
El castrismo, y hay que reconocerlo, es muy sabio en saber aprovecharse de los pocos deseos que tenemos los cubanos de ser libres, nos han ganado casi todo el terreno es este aspecto y se han posicionado sobre nosotros porque, en estos más de sesenta larguísimos años de revolución del picadillo, no hemos querido defender, como corresponde, la democracia, el progreso y el desarrollo económico que una vez tuvimos como nación y que fueron digeridas, cagadas por la bestia socialista y convertidas en una Constitución comunista de porquería, en dictadores nombrados a dedos en bacanales ideológicas y en un insoportable sarpullido revolucionario que no se quita ni con loción de zinc y calamina.
Ese es verdaderamente el gran problema de nosotros los cubanos, dejamos que fidel castro tomara la iniciativa y nos achantamos en masa creyendo que una sociedad igualitarista, totalitaria, subvencionada por un Estado parásito, de obreros y campesinos improductivos “dueños” de medios de producción casi todos rotos y de hombres nuevos nuevecitos que reparten la mierda en pequeños, pequeñísimos trozos del mismo tamaño por libreta de racionamiento, funcionaría mejor que la que teníamos y que ubicó a Cuba entre los cinco países más prósperos del continente Americano.
Terrible pero cierto, los cubanos como pueblo no queremos ser libres, no hacemos nada para lograrlo y nos desgastamos en “batallas” intestinas para ver quién tiene más dinero o quién la tiene más grande…, así de triste.
Pero, bueno, regresando a los traumas que me dejó el castrismo y que debo enumerar para que no me dé un soponcio “neuronal”, las ideas se me enreden en la cabeza y termine confundiendo a fidel castro con el tibor del socialismo, a raúl castro con una señora que un día de paseo con su pamela rompió una farola o a díaz canel con un perrito obediente que mueve la colita, dame la patica, hazte el muertecito y di jau, jau.
Yo digo que un trauma grande que tengo es que traten de imponerme ideas de otros, mucho más si es mediante gritos, exaltaciones y chusmería, que me pidan el último y luego pasen primero que yo, sentirme vigilado todo el tiempo, que me denuncien por comerme el pastel que me hizo mi mamá, ver un micrófono y saber que alguien se puede enganchar y no parar de hablar estupideces por horas y horas, pisar mierda en la calle, que los zapatos me queden apretados, que me elijan vanguardia de la emulación, que me señalen como un compañero políticamente correcto, que en el país donde vivo se forme una rebambaramba socialista, la leche agua’a, los precios adulterados y sobredimensionados, que se acabe el desodorante en el mercadito, que me convoquen en mi Empresa pa’ un trabajo voluntario, que me digan que algunos de los beneficios que disfruto son gratis, que se aparezca un hijo de puta y ponga de moda Canadá o muerte, que…, por cierto, ahora me interrumpe mi psicoterapeuta y me dice que si quiero les proponga a ustedes este ejercicio para que vean lo aliviados que van a sentirse…
Ricardo Santiago.



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